miércoles, 13 de marzo de 2013

Oxígeno para las entrañas

Aquella era la mayor condena, la nada, la sin respuesta, la indiferencia. La que anda sola, la que no piensa en recuerdos, ni trama objetivos. Un alma vacía, sin luz, Cenicienta de Miércoles por la noche. Cansada, titubeante e indecisa. Putrefacta de miedo. Deshecha en dos mil quinientos siete pedazos.
Reposaba en un banco sin apenas aliento. Apretaba fuertemente las manos para recuperar el calor. Pero todo era insuficiente; se ahogaba entre el polvo de la calle y sabía que aquello no iba de cuento. No había manzana envenenada, ni huso, ni hechizo, ni trato, ni truco. Ni tan siquiera un príncipe que la fuera a rescatar.