Se encontraron de improviso en una esquina y ella dudó en saludar pero finalmente lo hizo recibiendo de él una cordial expresión. Nerviosas palabras salían de la boca de ambos hasta que él decidió acompañarla hacia su destino. Caminaron sin mirarse, hablando de temas poco convencionales pero que servían de distracción ante el apuro de verse sometidos a la tensión de estar en silencio. Perdieron el rumbo y se pararon. Él le dijo que necesitaba decirle algo, ella esperó, y él le pidió que si hacia mal le perdonase. Se estremecieron cuando sus ojos se encontraron. Él se acercó y la cogió delicadamente de la nuca; se inclinó al rostro de ella y la empujó suavemente arrastrándola con la otra mano hacia sí desde la espalda. Se fundieron en un beso extraño, pasional. Ella tembló entre sus brazos, lo había estado esperando tiempo atrás, ahora era el presente. Él había vuelto resucitando todo lo que ella había sido y disolviendo todo el sufrimiento de haber tenido que fingir que no le importaba.